El eco infinito de las palabras que compartimos

8 de enero de 2026Reychango
El eco infinito de las palabras que compartimos

A veces me pregunto si somos conscientes de que, cada vez que abrimos la boca para hablar de las cosas más cotidianas, estamos invocando a un fantasma milenario. No un fantasma de los que asustan, sino uno de esos que se quedan a vivir en las paredes de una casa vieja y terminan formando parte de la familia. Me refiero a ese hilo invisible, pero de acero, que une el español que hablamos hoy con el árabe de al-Ándalus. Lo que me vuela la cabeza es pensar que no estamos ante una simple lista de préstamos lingüísticos, sino ante una estructura que sostiene gran parte de lo que somos.

Hace poco me detuve a pensar en el trabajo de Anwar Mahmoud Zenati. El tipo se ha metido en un jardín monumental al publicar un diccionario enciclopédico que trata de rastrear esta huella. No es solo un libro de palabras; es un mapa de una identidad compartida. Es verdad que a veces nos venden la historia como una serie de bloques estancos: aquí estaban los romanos, aquí los visigodos, y luego vinieron "los otros". Pero la lengua no entiende de fronteras políticas ni de cronologías lineales. La lengua es un organismo vivo que se alimenta de lo que tiene cerca, y durante ocho siglos, lo que tuvo cerca fue una de las civilizaciones más brillantes del mundo.

La arquitectura del pensamiento cotidiano

A ver, el punto real aquí es que el árabe no se limitó a darnos nombres para las flores o las especias. Fue mucho más profundo. Se metió en la cocina, en el sistema de riego, en la forma en que contamos el dinero y en cómo organizamos nuestras ciudades. Me impresiona pensar en esa Toledo medieval, ese hervidero de traductores donde el conocimiento fluía sin pedir permiso. Imaginen a un tipo traduciendo tratados de astronomía o medicina del árabe al latín, mientras en la calle la gente mezclaba el romance con el árabe para pedir un trozo de pan.

Ese entorno lingüístico complejo, donde el árabe convivía con el latín tardío, el castellano incipiente y hasta el euskera, creó una fusión que no tiene marcha atrás. Cuando decimos "ojalá", estamos lanzando un deseo al cielo que tiene sus raíces en una entrega absoluta a la voluntad divina. Es fascinante. No es una palabra muerta; es un sentimiento que ha sobrevivido siglos cambiando de forma pero manteniendo su esencia. Es esa capacidad de adaptación lo que permite que una lengua no se convierta en una pieza de museo, sino en una herramienta de supervivencia.

El mapa de lo que nos rodea y nos define

Si nos ponemos a mirar con lupa la metodología de este tipo de investigaciones, te das cuenta de que el impacto es omnipresente. No se trata de un par de términos exóticos para decorar el discurso. Estamos hablando de una transformación total de la realidad material de la Península. Es verdad que a veces olvidamos que antes de que llegaran estas palabras, quizás no existía ni siquiera el concepto que representaban en este rincón del mundo.

  • La ciencia y la tecnología de su tiempo, que nos dejó una terminología técnica en matemáticas y astronomía que todavía hoy es el estándar global.
  • El mundo del comercio y la administración, con esos términos para aduanas, almacenes y sistemas financieros que hoy nos parecen modernísimos pero que ya se gestaban en los zocos.
  • La agricultura, que transformó el paisaje de la península con técnicas de ingeniería hidráulica que todavía hoy definen cómo se ve el campo desde la ventanilla de un tren. Sin esas palabras, nuestra tierra sería literalmente un desierto.

Lo que me parece más potente de todo este asunto es que este diccionario no viene a decirnos algo nuevo, sino a recordarnos algo que habíamos decidido olvidar por pura conveniencia histórica o prejuicio cultural. Durante mucho tiempo se intentó "limpiar" el español, como si tener influencias fuera una mancha en la pureza de la nación. Pero es precisamente esa mezcla lo que le da su fuerza y su carácter universal. El español no sería el gigante que es hoy, con su capacidad de conectar continentes, sin ese pilar árabe que lo sostiene por debajo, de forma silenciosa pero irrompible.

La memoria que se niega a borrarse de la lengua

Me quedo pensando en cómo las palabras son como cápsulas del tiempo que viajan por el torrente sanguíneo de una sociedad. A veces usamos un término para referirnos a un oficio que ya casi no existe o a una estructura administrativa que ha mutado mil veces, y ahí sigue la raíz, recordándonos que hace mil años alguien ya estaba pensando en eso de la misma manera. El trabajo de Zenati es como un acto de justicia poética. Es abrir una ventana en una habitación que llevaba demasiado tiempo cerrada y dejar que entre el aire de al-Ándalus, que es un aire que, aunque no queramos reconocerlo, siempre ha estado soplando por los pasillos de nuestra historia.

Es curioso, ¿no? Creemos que somos dueños de nuestras palabras, que las elegimos con total libertad, pero en realidad las palabras nos poseen a nosotros. Nos obligan a heredar una historia que no siempre entendemos y a llevar dentro un pasado que a veces nos resulta ajeno. Lo que este diccionario pone sobre la mesa es la idea de que la memoria lingüística es el archivo más honesto que tenemos. No miente porque no puede hacerlo. No tiene agenda política ni busca reescribir batallas. Simplemente está ahí, en la punta de la lengua, esperando a que alguien tenga la curiosidad de preguntar de dónde viene ese sonido que acaba de pronunciar.

Un legado que no conoce fronteras

Lo que realmente me vuela la cabeza es pensar que este legado no se quedó atrapado en las murallas de Granada o en los puentes de Córdoba. Esa herencia viajó en los barcos, cruzó el océano y hoy resuena en las calles de México, en los Andes o en las llanuras del Cono Sur. El español llevó consigo esa esencia árabe a todo un continente. Es una herencia compartida por cientos de millones de personas que, quizás sin saberlo, mantienen viva una herencia andalusí cada vez que hablan de un alcalde, de una alhaja o de una tarea.

Al final, uno se da cuenta de que el español es una casa de muchas puertas. Y la puerta que da al sur, esa que huele a azahar, a cuero curtido y a piedra mojada de acequia, es una de las más robustas y hermosas. No es solo una cuestión de vocabulario; es una forma de mirar el mundo, de entender la ciencia, el arte y la convivencia. Es, sencillamente, nuestra columna vertebral. Y qué suerte tenemos de que sea tan rica, tan compleja y tan viva. Negar esa parte de nosotros sería como intentar arrancarnos un brazo pensando que así seremos más ligeros; solo conseguiríamos perder nuestra capacidad de abrazar la realidad completa de nuestra historia.

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