El gigante de hielo que nadie puede comprar (o eso dicen)

10 de enero de 2026Reychango
El gigante de hielo que nadie puede comprar (o eso dicen)

No se si de verdad entendemos la escala del mundo en el que vivimos o si solo vemos mapas de colores donde los trozos de tierra son piezas de un Monopoly gigante. Lo que me vuela la cabeza es pensar en Groenlandia. No es solo un bloque blanco en el norte del planisferio que parece más grande de lo que es por la proyección de Mercator. Es, en realidad, un escenario de tensiones que parecen sacadas de una novela de espías del siglo pasado, pero con un barniz de urgencia climática que lo cambia todo.

Es verdad que cuando escuchas que alguien quiere comprar una isla entera, te ríes. Suena a delirio de grandeza, a una idea trasnochada de un magnate que se quedó atrapado en el siglo XIX. Pero a ver, el punto real aquí es que Groenlandia no es cualquier isla. Es el territorio menos poblado del planeta, una inmensidad donde apenas cincuenta y seis mil personas desafían al frío extremo, la mayoría de ellas inuit. Y sin embargo, todos los ojos del poder global están puestos ahí.

Una herencia nórdica por accidente

La historia de cómo este lugar terminó siendo parte de Dinamarca es casi un accidente de la fe y la persistencia. Los vikingos anduvieron por allí, claro, pero luego desaparecieron durante siglos, como si la isla se los hubiera tragado. Fue recién en el milenio pasado, por allá en 1721, cuando un misionero decidió que era buena idea ir a buscar a esos antiguos colonos. No los encontró, pero fundó lo que hoy es Nuuk y, de paso, reclamó el terreno para la corona danesa.

Durante mucho tiempo fue una colonia olvidada, un puesto remoto que no le importaba demasiado a nadie fuera de Copenhague. Pero las guerras cambian las perspectivas. Cuando los nazis ocuparon Dinamarca, Estados Unidos se dio cuenta de que no podía dejar ese flanco abierto. No era solo por la tierra, era por lo que significaba estar allí arriba, vigilando el Atlántico Norte. Es curioso cómo la geografía dicta el destino de los pueblos sin pedir permiso.

El interés que nunca se enfrió

Lo que me parece fascinante es que esta obsesión estadounidense no es un capricho reciente. Ya en 1946, Truman ofreció cien millones de dólares en oro. Para la época era una fortuna absurda. Dinamarca dijo que no, pero aceptó que los militares se quedaran. Y ahí siguen, con bases espaciales y sistemas de alerta que nos recuerdan que la paz es, muchas veces, solo un equilibrio de fuerzas muy bien posicionadas.

Ahora, el interés ha vuelto con una fuerza renovada, pero con un matiz diferente. Ya no es solo por poner misiles o radares. Es por lo que hay debajo del hielo que se está yendo. El deshielo es una tragedia ambiental, sí, pero para el mercado es una oportunidad de excavar donde antes era imposible. Estamos hablando de hierro, uranio y, sobre todo, de las tierras raras. Esos minerales con nombres extraños que son el corazón de tu teléfono, de los coches eléctricos y de prácticamente toda la tecnología que consideramos indispensable hoy en día.

El tablero de las tierras raras

Aquí es donde la cosa se pone tensa de verdad. Resulta que China tiene el sartén por el mango en este mercado. Controlan casi todo el procesamiento mundial de estos materiales. Y claro, si eres una potencia que quiere mantener su hegemonía, no puedes permitir que tu mayor rival sea el único que tiene las llaves de la fábrica del futuro.

Groenlandia podría tener hasta una cuarta parte de las reservas mundiales de estos elementos. Es una cifra que marea. Por eso hay empresas australianas extrayendo allí, pero con dinero chino de fondo. Y por eso Washington se pone nervioso. No es solo una cuestión de propiedad territorial, es una cuestión de quién controla la energía y la tecnología de las próximas décadas. Es geopolítica pura, cruda y, en este caso, muy fría.

Identidad frente a billeteras

Pero hay algo que solemos olvidar en estos análisis de grandes potencias: la gente que vive allí. Groenlandia no es un desierto vacío, aunque lo parezca en las fotos de satélite. Es un pueblo con una identidad fortísima que ha ido ganando autonomía paso a paso. Pasaron de ser una colonia a ser una provincia, y luego a ser un territorio autónomo con derecho a decidir su propio futuro.

La relación con Dinamarca es compleja. Dependen de los subsidios daneses para que su economía no colapse, pero el deseo de independencia es un motor constante. Es una paradoja extraña. Quieren ser libres, pero saben que para serlo necesitan los recursos que otros quieren comprarles, a cambio de una soberanía que apenas están terminando de construir.

Me pregunto si alguna vez han sentido que su casa es el centro de una pelea en la que ellos son los que menos voz tienen. Porque al final del día, mientras los líderes mundiales hablan de aranceles, de compras millonarias y de posiciones estratégicas, los habitantes de Nuuk siguen pescando en aguas que cada año están menos heladas.

Un futuro incierto entre gigantes

La presión es enorme. Si no es por la buena, parece que será por la mala, con amenazas de aranceles y bloqueos. Es un matonismo diplomático que nos devuelve a épocas que creíamos superadas. Pero la realidad es que el mundo tiene hambre de recursos y Groenlandia es el banquete que acaba de quedar expuesto por el cambio climático.

No sé cómo terminará esto. Dinamarca dice que la isla no está en venta. Los groenlandeses dicen que son ellos los que deciden. Pero cuando tienes a las economías más grandes del mundo moviendo sus piezas, la resistencia se vuelve un acto heroico. Es una crónica de una tensión anunciada, un recordatorio de que en este planeta, hasta el hielo más remoto tiene un precio para el que tiene suficiente poder.

Lo que sí tengo claro es que Groenlandia ha dejado de ser ese lugar lejano y pintoresco para convertirse en el epicentro de una nueva forma de entender el mundo: una donde el clima, la tecnología y la ambición se cruzan en un paisaje de una belleza que, tristemente, parece estar en subasta permanente. Al final, el valor real de esa tierra no son los minerales que esconde, sino la capacidad de su gente para no dejarse borrar del mapa por el peso de los billetes ajenos.

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